
Entre los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica ( o sea demoniaca). Propongo llamar nínfulas a esas criaturas escogidas.
Son nínfulas todas las niñas? No, desde luego. Tampoco es la belleza una piedra de toque. Es la gracia letal, el evasivo, cambiante, anonadante insidioso encanto mediante el cual la nínfula se distingue de esas contemporaneas suyas que dependen incomparablemente más del mundo espacial de fenómenos sincrónicos que de esta isla intangible de tiempo hechizado.
El número de verdaderas nínfulas es harto inferior al de jovenzuelas provisionalmente feas, o tan solo agradables o simpáticas, o hasta bonitas y atractivas, comunes, regordetas, informes, de piel fría, niñas esencialmente humanas, vientrecitos abultados y trenzas, que acaso lleguen a convertirse en mujeres de gran belleza.
Si pedimos a un hombre normal que elija a la niña más bonita en una fotografía de un grupo de colegialas, no siempre señalará a la nínfula. Hay que ser artísta y loco, un ser infinítamente melancólico, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida en su sutil espinazo, para reconocer de inmediato, por signos inefables -el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación, la vergüenza y las lágrimas de ternura me prohiben enumerar-, al pequeño demonio mortífero entre el común de las niñas; y ahí está, no reconocida e ignorante de su fantástico poder
